Andrés Cisneros
Hace apenas unos días, la crítica hacia la agenda del Mes de la Juventud del Instituto de la Juventud del municipio de Puebla se volvió viral. La principal observación fue la falta de información básica en las actividades: sin sedes, sin horarios claros y sin detalles mínimos para poder participar.
Hoy, el Instituto ha respondido… pero no como muchos esperaban. Han presentado un nuevo cartel, ahora con direcciones y horarios, como si eso resolviera el verdadero problema. El fondo sigue intacto: las actividades son las mismas, igual de simples, igual de poco ambiciosas y desconectadas de las verdaderas necesidades de las juventudes poblanas.
Este cambio cosmético es, en realidad, una confirmación de que el Instituto está más preocupado por la imagen que por el impacto. No basta con agregar lugares a la cartelera si lo que se ofrece no cambia en calidad, profundidad o relevancia. Los jóvenes de Puebla merecen mucho más que talleres aislados y actividades sin seguimiento.
Resulta aún más indignante cuando recordamos que el Instituto cuenta este año con un presupuesto de 14.6 millones de pesos. Con esa cantidad, podría implementarse una política juvenil integral: incubadoras de emprendimiento, programas de capacitación tecnológica, eventos culturales de alto nivel, becas de movilidad, espacios para la innovación social, y mucho más.
En cambio, lo que se ve en la agenda son acciones que cualquier colectivo juvenil, sin un solo peso público, ya realiza de manera más creativa y efectiva. Hay ejemplos de sobra en Puebla: jóvenes que organizan foros, marchas, talleres, festivales y proyectos comunitarios, financiando todo desde sus bolsillos, sin sueldos, sin apoyos oficiales y, sobre todo, sin la infraestructura que el Instituto sí tiene.
La directora Carolina Cabrera Victoria y su equipo reciben salarios por su labor. La pregunta es: ¿es este el mejor resultado que pueden entregar con 14.6 millones de pesos de presupuesto y un año entero de planeación? La comparación es inevitable y deja al Instituto mal parado frente a colectivos que, sin recursos, generan un impacto mucho mayor.
Por eso la reflexión va más allá del flyer: si esos 14.6 millones estuvieran en manos de jóvenes líderes que hoy trabajan a pulmón, ¿qué podrían lograr? La respuesta es clara para cualquiera que haya visto el esfuerzo y la creatividad de estas iniciativas ciudadanas. Seguramente no se limitarían a una agenda tan limitada y desconectada como la que presenta el Instituto.
Este caso vuelve a poner sobre la mesa una discusión urgente: el dinero público destinado a la juventud debe traducirse en proyectos ambiciosos, innovadores y con resultados medibles, no en acciones simbólicas que solo cumplen con cubrir el expediente. Los jóvenes no necesitan más propaganda, necesitan oportunidades reales.
Solo como pregunta. ¿En manos de quién o quiénes se queda ese presupuesto que se le asigna al instituto? No estaría por demás saber que se hace con ese dinero que le otorga el Ayuntamiento de Puebla cada año.
