Andrés Cisneros
Cada agosto se celebra en México el Mes de la Juventud. Una oportunidad, no solo simbólica, sino concreta, para que los gobiernos dediquen recursos, espacios y propuestas de valor a quienes representan el presente y futuro del país. Sin embargo, lo que se presenta este año desde el Instituto de la Juventud del municipio de Puebla deja más preguntas que entusiasmo.
El cartel oficial, dado a conocer recientemente, muestra una serie de actividades que a simple vista parecen improvisadas, mal calendarizadas y, sobre todo, carentes de visión integral. Más preocupante aún, refleja el poco compromiso institucional con una juventud que merece mucho más que actividades sueltas y recicladas.
Apenas son doce eventos distribuidos en todo un mes. Varios sin sede, sin horario o sin detalles claros. ¿Cómo es posible que se anuncie una “Feria del Empleo” o una “Jornada de Jóvenes Imparables” sin siquiera definir cuándo y dónde serán? Esto más que una agenda parece un borrador. Y eso es profundamente decepcionante.
Quien revise la cartelera notarará que varias actividades no son iniciativas propias del Instituto, sino colaboraciones o intervenciones lideradas por otras instancias, colectivas juveniles o secretarías. Esto no sería un problema si el Instituto realmente actuara como facilitador activo, pero lo que se percibe es que se están colgando del trabajo de otros para llenar un calendario que no alcanza ni para una semana intensa.
Es importante recordar que esta agenda es la primera organizada bajo la nueva dirección de Carolina Cabrera Victoria, nombrada por la administración de Pepe Chedraui. Se esperaba un golpe de timón, ideas frescas y una propuesta sólida para el sector juvenil. Sin embargo, la ejecución ha sido tibia, gris y poco ambiciosa. Es válido preguntarse si la nueva dirección está a la altura del reto.
Las juventudes de la capital poblana enfrentan desafíos reales: precariedad laboral, inseguridad, exclusión digital, falta de acceso a la cultura y espacios públicos, además de problemas de salud mental y participación política limitada. Frente a eso, ¿de verdad la solución es un taller de collage o un ciclo de conferencias genéricas?
No se trata de desestimar iniciativas culturales o recreativas. Se trata de entender que la juventud necesita algo más estructurado, constante y con impacto duradero. Una estrategia de política pública juvenil que no se limite a lo cosmético o anecdótico, sino que construya oportunidades reales para incidir en sus vidas.
Las juventudes poblanas no son ingenuas. Saben cuándo se les está tomando en serio y cuándo no. Esta agenda, lamentablemente, deja un sabor amargo: promesas vacías, improvisación institucional y ausencia de una visión clara. Es momento de exigir más, porque Puebla merece una agenda juvenil de verdad.
