Autor: Daniel Hernández Sánchez
Este miércoles 25 de abril, un atentado en las afueras de Moscú cobró la vida del teniente general Yaroslav Moskalik, destacado oficial del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas. El ataque, perpetrado con una bomba colocada en un automóvil estacionado, fue clasificado como un acto de terrorismo por las autoridades rusas.
El explosivo contuvo metralla —según informes oficiales— y fue detonado de forma remota, causando una deflagración capaz de destruir ventanas de edificios residenciales cercanos. Moskalik, de 58 años, fue identificado como número dos en la Dirección de Operaciones del Estado Mayor.
El ataque ocurre en un contexto diplomático complejo: horas antes, Steve Witkoff, enviado del presidente Donald Trump, se reunía con el mismo Putin en el Kremlin para discutir una propuesta de paz respaldada potencialmente por el reconocimiento estadounidense de Crimea como territorio ruso. La muerte del general ha elevado la tensión y añade urgencia a las conversaciones.
Además, el incidente se inscribe en una serie de ataques selectivos contra altos mandos rusos. En diciembre de 2024, otro general clave —Igor Kirillov— fue asesinado en un atentado similar en Moscú, atribuido por algunas fuentes a inteligencia ucraniana.
Moscú no ha proporcionado pruebas concretas sobre la autoría, pero altos funcionarios han señalado a servicios especiales ucranianos, acusando a Kiev de intentar sabotear las negociaciones de paz. Este ataque simboliza la creciente violencia encubierta en la guerra híbrida contemporánea y señala que incluso los corredores diplomáticos no están exentos de costos.
